
Están rompiendo mi corazón ahora mismo. Publiqué este artículo sobre las puertas del quirófano hace unos minutos. Después de varios años de despertarme al amanecer con fibrilación cardíaca, mis cardiólogos se han decidido por mí y están quemando mis venas pulmonares. Al parecer en tres horas me habrán dejado el corazón niquelado, humeante y macizo. ¡Qué cosas!
Aprovecharé este periodo entre la vida y la muerte para encontrarme con algunos de los personajes literarios que he matado sin piedad: Emilio, Octubre, Odisto… Y abrazaré el aire y buscaré a Marina mientras el narrador nos empuja a un segundo plano. irisPor Wim Mertens. No tendré tiempo de ver a nadie excepto a uno de mis abuelos y a Saramago. Le diré que quiero ir a Lisboa para tatuarme su perfil en el costado derecho y que espero que Pilar me acompañe y me tome la mano porque no me gustan las agujas, y ahora mismo siento que hay una larguísima atravesando mi tabique: la pared central y poética del corazón.
Para ser honesto, no planeo morir, y es casi imposible que eso suceda hoy. Soy muy dramático. Pero como espero evitar tener que verme en otro quirófano a corto plazo, debo aprovechar esta tensión y pedir unos últimos deseos para que los cables, después de perforar tantas veces las paredes de mi corazón, liberen mi vida. Arranco el testamento:
- Quiero que cubran mi ataúd con la bandera española que Sonia Monroy lució como vestido de los Oscar hace diez años.
- Me gustaría que Juan Cruz escribiera mi obituario. Me gusta demasiado.
- Quiero que mis libros se distribuyan en ciudades de la España despoblada. Mis camisetas, dáselas a Jordi Évole. Y el espejo con el que me quito el ceño, lo envuelvo en un paño de terciopelo y se lo doy a Santiago Abascal; A ver si, con un poco de suerte, consigue reconocerse en el reflejo y ver claramente, como siempre señala Ian Gibson, que sus rasgos faciales son árabes.
- Ojalá el funeral se celebrara en la catedral de la Almudena y hubiera más invitados que en la boda de la hija de Aznar. Pero que no venga la hija de Aznar. Por favor, ni siquiera Aznar.
- Ojalá con mis ahorros construyeran una maqueta de la ciudad de Madrid con frutas y se la entregaran a Ayuso veinte días después, cuando la podredumbre es tan grande que ni una sola pieza es habitable para los insectos. Concluyo cuál será la solución del Presidente: contratará a unos cuantos buitres hambrientos y sin fondo para devorarla.
- Deseo que le regales mi acordeón a Sílvia Abril.
Finalmente, la única voluntad firme y seria de todas: cuando muera, no quiero que me entierren en un cementerio. Quiero que lo hagan en todas las zanjas del país, y que lo hagan a medianoche, para que nadie sepa en qué “descanso” estoy.
Como como pueblo no hemos logrado que los cuerpos de nuestros seres queridos terminen dignamente en un cementerio, es más fácil consagrar todas las alcantarillas del país. Líbralos de la desgracia y la desgracia. Y llenarlas de flores, tal como lo hace el propio país desde el siglo pasado. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los dientes de león y las aulagas crecen en el cemento duro e inorgánico de los bordes de las carreteras? La naturaleza misma hace el trabajo que no queremos hacer. Y ella honra y se muestra más humana que nosotros.
Que conste en acta.
¡Oh! Y no tienes que orar por mí. Rosalía ya lo está haciendo por todos.
Te amo.
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