Un paisaje perpetuamente tiznado alrededor de la carretera impide encontrar en la ZA-111 el lugar donde el incendio que se declaró el 10 de agosto del año pasado en Molezuelas de la Carballeda (Zamora) causó devastadores daños, matando a dos personas y dejando 37.000 hectáreas de terreno quemado. En este lugar se produjo el mayor accidente del verano, como lo confirmaron dos hombres que cortaban madera de árboles quemados en el Cubo de Benavente (Zamora, 115 habitantes) y la metían en un remolque cuyas ruedas se habían hundido de tanto peso. “¡Devastación… y ruina!” grita uno de ellos, Francisco Aparicio, de 57 años. “¡Ruina… y devastación!” subraya Gabriel, su hermano, de 64 años. La frustración por la destrucción del incendio prevalece en las ciudades afectadas por el fuego, donde ya se ha observado despoblación y un sentimiento de abandono por parte de las administraciones.
Los incendios que durante el verano mataron a cinco personas y arrasaron 143.880 hectáreas en Castilla y León se debieron, según la comisión, a condiciones climáticas extremas que los hicieron «inextinguibles» ya que el incendio «no reconoce fronteras administrativas». Este es el guión oficial de la administración forestal responsable. Sin embargo, el debate sobre las políticas de prevención y la emergencia climática en esta comunidad autónoma se reavivó con la campaña electoral del 15-M tras varias manifestaciones y pedidos de dimisión del presidente Alfonso Fernández Mañueco, del ministro de Medio Ambiente, Juan Carlos Suárez-Quiñones, y del director de Política Forestal, José Ángel Arranz.

“Se incendió un almacén de 4.000 metros cuadrados y sólo bajaron el IBI, no vimos ni un euro”, se queja Francisco, motosierra en mano. Gabriel enumera las pérdidas: “Murieron caballos, conejos, gallinas, se quemaron herramientas, un tractor… ¡Y dos jamones!” Pero él, teniente de alcalde de su ciudad, se niega: “Votaré por Muñeco [Alfonso Fernández Mañueco]»Soy del PP y tendré que votar al PP».
Sara Andrés, de 67 años y con un Renault 6 viejo, asegura que ha visto más acciones de vecinos mayores recogiendo leña que de personal administrativo: «Después de tanta charla aquí no ha venido nadie. Llega la ayuda, los 500 para el desalojo, pero mucha gente la ha recogido sin haber estado allí, es un disgusto», critica.
La junta encargada de la gestión forestal se comprometió este verano a destinar «más de 100 millones de euros», a los que se sumaron subvenciones posteriores con varios conceptos clave: 500 euros para los evacuados, apoyo a quienes hayan perdido propiedades o casas por su valor, cobertura de estancias fuera de casa para quienes tuvieron que ausentarse varios días o cuyo inmueble quedó inutilizable, y dotaciones para ganaderos de un máximo de 18.000 euros, una cifra criticada por el sector porque muchos sufrieron mayores pérdidas. El Gobierno central declaró gran parte de las zonas carbonizadas como zona de desastre, lo que implica fondos públicos para cubrir diversos daños, mientras que el Ministerio de Agricultura aportó hasta el 20% de los ingresos en 2024 para los afectados y un total de 27,84 millones para los afectados por el incendio a nivel estatal. Portavoces del Ministerio de Medio Ambiente calculan que este departamento del ministerio ya ha desembolsado “alrededor de 50 millones” de fondos públicos.
En el camino, cuatro ciervos saltan hacia el páramo inundado por las recientes tormentas. El subconsciente vuelve al fuego: crepitantes, tensión, descontrol, tos y mucosas negras, ceniza en el pelo… Pero en Nogarejas (León, población 260) es sólo una quema de rastrojos. Alberto Santos, de 70 años, recuerda días terribles “sin prevención alguna” en los que ardió un pinar cercano pese a que se salvó el pueblo. “Pedí permiso para quemarla, es sólo una broma”, ironiza, ya que muchos agricultores tienen sobras de luces sin licencia. Santos se ríe cuando le preguntan por los políticos. El camino conduce hacia Castrocalbón y presenta a Miroslav Ivanov junto a una máquina que levanta árboles talados y carbonizados. «Se quemó mucha madera, muchos animales, pero es lo que es», reflexiona el emigrante búlgaro entre postes de luz caídos, con cables como enredaderas y madera carcomida primero por el fuego y ahora por la humedad.
Gaspara Franco, de 75 años, camina por Felechares de la Valdería (pop. 140), donde las llamas rodearon las casas y dos ardieron. «La palabra es devastación; los agricultores no obtuvieron nada y sus máquinas se quemaron», reprende, con una nota electoral: «Mi familia es socialista, pero votarán a Vox». Nacho Martín, 43 años, habla de “devastación” de sus viajes por regiones quemadas. Es bombero forestal y dirige SOS Wildfire, una organización de ayuda para las zonas desfavorecidas en llamas. Nunca imaginó que su león sufriría la miseria que vivió en Perú o Bolivia. “Estamos divididos y hacemos más que la junta, si hay que ser anecdótico”, acusa, porque operan en ciudades que requieren reforestación, capacitación en seguridad contra incendios o equipamiento básico. La asociación busca pedidos más amplios de la junta directiva, «pero piden adelantar el dinero, y eso es mucho, entonces terminan haciéndolo con grandes empresas compinches y la gente de las ciudades tiene que pagar por su descontento con nosotros».

Martín muestra algunos de los 115 castaños, especie autóctona y resistente al fuego, que plantaron en Felechares cerca de las ruinas de casas. «La junta hace cositas para justificarse, pero no invierte en los beneficios. Nos molesta que hagan cosas inútiles», dice junto a Sergio Ballesteros, de 40 años, funcionario forestal y alcalde municipal indignado. «¡No hiciste nada!» grita enojado porque en agosto no hubo recursos y ahora no hay avances a pesar del mantra “los incendios se apagan en invierno”. El tema económico le da bronca. Primero, se refiere a lo más general: “Me negué a firmar la ayuda de alguien que no estaba aquí, como hizo el alcalde de Castrocalbón, y lo dejaron caer del burro”. «¿Crees que pagarán algo después de las elecciones? Sin elecciones sería como la Sierra de la Culebra (Zamora) en 2022, donde no dieron nada», niega. Se refiere luego a un caso particular, el de su socio, el apicultor Álvaro Lobato, que sospechaba de “compra de votos”, según contó a EL PAÍS un mes después del caos en el salón de su casa. La compañía de seguros cifró los daños en 100.000 euros y, como muchos autónomos que resultaron heridos, la junta le pagó 18.000 euros, aunque no la totalidad de los daños; el Ministerio de Agricultura, el 20% de las ganancias en 2024. Insuficiente. Sin embargo, abundan algunos destellos violetas.

El alquitrán continúa hacia Luis Cenador, alcalde socialista de Castrocalbón (León, 900 habitantes). Habla resueltamente en un vecindario devastado por el verano, señalando el marco de un tractor, señalando la iglesia cuyas ventanas estaban deformadas por el calor y reflexionando sobre los kilómetros de alrededores negros como boca de lobo. Cenador ha denunciado a la junta ante la Fiscalía por imprudencia y falta de coordinación, añadiendo: «Si gobernara el PSOE denunciaría lo mismo, no hubo prevención ni gestión». La denuncia afirma que sin esta negligencia «las graves consecuencias de este incendio no habrían sido tales» y recoge la predicción de un responsable forestal por falta de recursos: «No sabéis lo que vais a preparar hoy aquí, si no enviáis recursos crearéis un lío enorme». A ocho kilómetros en línea recta en Congosto, Jaime Aparicio y Abel Ramos, dos voluntarios que cumplían órdenes desde un puesto de mando, fueron destrozados por el fuego.
El ayuntamiento ha retirado el pago del IBI a los afectados. Sin embargo, la junta pagó algunas casas y reubicó a quienes perdieron sus propiedades. “Algunos me pidieron que firmara el documento de evacuación a pesar de que no había puesto un pie aquí en cuatro años”. “Pasó hace tres años en La Culebra, pasó en el 2025 y volverá a pasar, nada ha cambiado, queremos bomberos forestales en invierno con contrato todo el año”, desea Cenador. “Lo que no han hecho en 40 años, no lo harán ahora”, predice. Mañueco, que forma parte del PP desde 1987, ha prometido estabilización profesional y más recursos, aunque el sector se queja de que esto sólo afecta al personal autonómico y no a las abundantes y precarias subcontratas.



Bar en Castrocalbón. Un hombre con boina y las manos a la espalda mira curling en la televisión. Tres ancianos están tranquilos tras el incendio y no tienen opinión. “Estamos con un pie aquí y otro allá”, “Es una pena irse al campo”, “No lo volveremos a ver”, murmuran. El juego de tutoría se organiza al lado. Ángel Barrio, de 58 años, afirma haber recibido 187.700 euros de indemnización más el alquiler por el tiempo que pasó fuera de su casa en llamas. “Todo llegó, la política no me conviene y el incendio no se gestionó bien, pero no tengo quejas porque la ayuda fue rápida”, dice, antes de volverse obstinado hacia la luminosa máquina tragamonedas. Al salir, un hombre le susurra al oído: “Es bien sabido que hay putas”.
