
Eres un poco mayor que yo, Felipe González. Nos conocimos alrededor de 1975. En aquel entonces te acompañé en un viaje extraño y secreto a Yugoslavia. Nos hemos saludado respetuosamente varias veces. El último fue en San Sebastián en el funeral de Txiki Benegas. Tenemos algunos amigos en común.
Defendí su trabajo político porque es también el de nuestra generación. Somos muchos los cesteros, muchos incluso sin reputación -hace unos días murió en Toledo Jesús Fuentes Lázaro y unos meses antes Paco Fernández Marugán- los que nos sumamos a su liderazgo indiscutible para lograr que España fuera un país democrático y que, como el resto de democracias, participara de esa realidad que entonces se llamaba Mercado Común. Mi aportación a este trabajo es ciertamente mínima: ¿cuánto o poco pude aportar a la reconstrucción del PSOE en Valladolid y en Castilla y León a través de mi labor como diputado en el Congreso y posteriormente como eurodiputado?
Por lo tanto, le aseguro que no niego en modo alguno el tremendo trabajo que se ha realizado bajo su presidencia, incluidas las medidas más incomprendidas.
Pero sus recientes manifestaciones me parecen injustas, están siendo exageradas y ampliadas por ciertos medios porque no se puede ignorar lo que sucedería. Me refiero a dos: «No votaré al PSOE de Pedro Sánchez» y la «cierta equivalencia entre Vox y Bildu», aunque pone a Bildu en peor posición, acabó con un flechazo contra el ministro de Justicia del País Vasco, que es de origen socialista.
¿Te imaginas, Felipe, nuestra reacción si algún compañero entre 1974 y 1993, de cualquier nivel, desde un grupo local hasta el comité federal, hubiera dicho: “No votaré al PSOE”? Me imagino tu respuesta: «Joder. ¿Qué haces aquí?»
En cuanto a la segunda manifestación, creo que aún te queda mucho por aclarar. Bildu es también el esfuerzo de muchos socialistas, principalmente vascos, pero también de otras partes de España, que, a pesar de su dolor, de sus lágrimas, de su rabia, de su incomprensión, se esforzaron en que el terrorismo depusiera las armas y decidiera hacer política con palabras. Eso fue hace ya unos cuantos años. Hay un alejamiento real y evidente del terrorismo y por supuesto nunca he oído a nadie en Bildu elogiar el terrorismo.
No puedo decir lo mismo de Vox. En el mismo congreso elogió el golpe de 1936 contra la República y se negó a rechazarlo. Considera que el período del franquismo es necesario y exitoso. En los acuerdos alcanzados con el PP se niegan a implementar cualquier medida relacionada con la restauración de nuestra memoria histórica. Las palabras con las que Santiago Abascal define cada día al Gobierno, de «club mafioso» a «asesino», no son precisamente halagos, y tengo claro que su Gobierno supondría un retroceso importante para las libertades.
Sólo puedo encontrar una explicación. Su mandato estuvo marcado por la presencia desgarradora del terrorismo y el sufrimiento moral y emocional que nos ha causado. Pero hoy, en 2026, el caballo que monta se llama exclusión de los diferentes -ya sea por género, raza o preferencia sexual-, autoritarismo, particularismo, destrucción de Europa, sumisión a la ley del más fuerte.
Con todo mi respeto y aprecio.
