
La firma del Pacto de Bruselas sacudió las siempre turbias pero habitualmente estancadas aguas de la España profunda. El sentimiento quedó patente en el primer encuentro con una delegación del PSOE en nuestras oficinas del Parlamento Europeo y en la famosa fotografía del encuentro, que iba acompañada de una fotografía mural del día del referéndum. Cuando leí el texto del acuerdo, cuatro factores agitaron el ánimo.
Primero, la historia. La forma en que habíamos acordado conjuntamente describir los antecedentes que nos habían llevado hasta allí rompía con la narrativa oficial que el poder español -medios de comunicación, empresas, política y justicia- había intentado difundir desde el inicio del proceso independentista de Cataluña, con la participación acrítica del propio Partido Socialista. En segundo lugar, la referencia al año 1714 como origen del conflicto no resuelto, circunstancia que atraía a la monarquía española, heredera directa de aquel indescriptible Felipe V. En tercer lugar, el acuerdo para aclarar responsabilidades en la guerra sucia contra el independentismo con las comisiones de investigación y la mención explícita del término guerra legallo que provocó la primera erupción en el Estado Profundo. Y el cuarto, la ley de amnistía, que hasta entonces era casi un tabú del que no se podía hablar. Recordemos la vehemencia con la que dirigentes socialistas españoles como el actual presidente de la Generalitat, Salvador Illa, se pronunciaron y declararon: “¡No habrá amnistía ni nada por el estilo!”. Podemos añadir algunos inconvenientes más, como tener que negociar en Suiza ante un mediador/verificador internacional, la exigencia de oficialización del catalán en la UE y la aprobación de la oficialidad del catalán en la Cámara de Representantes.
Las costuras aún no se habían roto, sólo las habíamos apretado, pero podíamos sentir el mar de fondo. Dos años después, el protagonista de esta primera foto en el Parlamento ya lleva unos meses en prisión, acusado de corrupción, se han abierto procesos penales contra allegados al presidente Pedro Sánchez y también directamente contra su familia, y el Fiscal General, aliado del Gobierno y con un papel clave para velar por el cumplimiento de la ley de amnistía, acaba de ser condenado y expulsado de su cargo.
En España la cosa está hirviendo, la división social no se puede ocultar y el clima es muy similar al de otras épocas convulsas, todas ellas con un final trágico (guerras y dictaduras) o tragicómico (23F). No sé si ese será el caso; No puedo decir que no me importa porque sería mentira. Pero que nadie se confunda: no me siento llamado “español” porque lo hago sólo por obligación y no por voluntad, identidad o sentimiento. Plantea un desafío para mí como demócrata europeo y especialmente como partidario de la independencia catalana. Porque todo esto sucede en gran parte debido a la negativa a aceptar la democracia radical como método de resolución de conflictos.
En octubre de 2017, el Partido Socialista se unió al PP. Una rendición incondicional que pensaban que sería recompensada mañana con la misma comprensión mostrada ante los abusos de la derecha, la politización del poder judicial y el discurso del Rey del 3 de octubre de 2017. Hoy los socialistas han sido enviados a la misma sastrería donde se confeccionaban los trajes a medida que nos confeccionaban.
Así que si el socialismo español quiere salir del abismo sólo tiene una opción: hacer la ruptura que rechazó hace 50 años. Y la ruptura comienza con el reconocimiento del derecho de los pueblos a la autodeterminación, un concepto que el Partido Socialista había defendido durante décadas. Con pactos con el antiguo régimen, como el Pacto de Transición y la continuidad de la monarquía restaurada por Franco, no harán más que perpetuar el régimen, como lo han hecho hasta ahora, aunque se pavoneen como gallos cuando conmemoran los cincuenta años de la muerte del dictador. Unos gallos sin cabeza, para ser exactos.
Carles Puigdemont y Casamajó Fue presidente de la Generalitat y presidente de Junts per Catalunya.
