
El viernes por la tarde reinaba el silencio en el pueblo de Vega de Rengos. El ruido de las ambulancias rompió el silencio en el valle y la noticia del derrumbe corrió de móvil en móvil. “Aquí las cosas se saben en unos minutos”, afirmó José Manuel Rodríguez, vecino del concejo. En un bar cercano, varios vecinos siguieron la noticia oficial con la preocupación de quien conoce bien el trabajo de los mineros.
La preocupación se mezcla con la amarga familiaridad que ha llegado a reconocer esta zona del suroeste de Asturias. No era la primera vez que la zona contenía la respiración a la espera de noticias desde el interior de una mina. “La espera es lo peor”, dijo José. «Sabes que cada minuto cuenta y no hay nada que puedas hacer».
La confirmación de la tragedia llegó poco antes de las ocho de la tarde. A las 19.45 horas, los equipos de rescate llegaron al cuerpo del primer minero, Óscar Díaz, que ya está muerto. El dispositivo concentró entonces todas sus fuerzas en el segundo trabajador, Anilson Soares. Los equipos lo localizaron poco después, pero sacarlo fue extremadamente difícil ya que el colapso lo dejó enterrado en una zona aún inestable. Su cuerpo fue recuperado pasadas las 23:30 horas. La tragedia afectó profundamente a su familia, que ya había perdido a otro miembro en un accidente minero. Su hermano menor Adolfo murió en un deslizamiento de tierra en Pozo Calderón en Villablino en 2007.
El operativo también destacó la importancia de la Brigada de Salvamento Minero, unidad importante en el rescate subterráneo. Los integrantes de la Brigada Pozo Fondón fueron inmediatamente movilizados hacia Vega de Rengos, aunque atravesaban una de las semanas más tensas de su historia reciente, ya que 19 de los 21 integrantes habían presentado sus renuncias como voluntarios tras cambios organizativos que consideraban injustificados. “Sin embargo, su respuesta a la solicitud fue impecable”, afirma José Luis Alperi, Secretario General de SOMA-FITAG-UGT. “La brigada no sólo existe cuando se le quiere aplaudir, sino que existe siempre”.
Aunque la minería ya no es el motor económico que fue en el siglo XX, su huella en Cangas del Narcea aún está profunda. En el ayuntamiento, como en Degaña o Laciana, casi todas las familias tienen alguien que trabaja allí. La reapertura de Vega de Rengos restauró el empleo en una zona golpeada por la despoblación, pero también reavivó viejos temores. “La minería se ha transformado de una actividad muy manual a una actividad mucho más mecanizada, y con esta transformación hay una variación importante en el mapa de riesgos”, explica José Luis Alperi.
Los veteranos de la industria enfatizan que la minería siempre plantea un riesgo que no se puede eliminar por completo. «Ningún minero es consciente de los riesgos asociados al entorno minero; los gases, la ventilación y los movimientos incontrolados del suelo son riesgos constantes y muy difíciles de controlar», añade.
Aunque la Unión Europea ha puesto fin al apoyo público a la minería térmica del carbón para la generación de electricidad, la extracción de otros tipos de carbón puede continuar si cumplen usos industriales específicos y cumplen con la normativa aplicable. La antracita de Vega de Rengos, por ejemplo, está destinada a procesos siderúrgicos y metalúrgicos, dependiendo de su viabilidad económica y del cumplimiento de los requisitos de seguridad regionales y nacionales.
Las operaciones de TYC Narcea fueron suspendidas temporalmente en abril de 2025 luego del accidente de Cerredo que mató a cinco mineros. El Principado ordenó entonces una revisión completa de los procedimientos y permisos. Tras varios meses de inspecciones, la administración regional aprobó la reanudación de la actividad en junio y garantizó que todo estaba en orden.
Las primeras hipótesis apuntan a un origen puramente geológico. El alcalde de Cangas del Narcea, José Luis Fontaniella, explicó que los técnicos hablan de un desplome «que no se puede predecir ni calcular», un fallo repentino del terreno provocado por la «fractura» de una roca cuya fractura, según ha subrayado, no se ha podido determinar. Lo repentino del colapso habría tomado por sorpresa a los dos trabajadores en una de las zonas de explotación más sensibles.
El recuerdo del accidente de Cerredo estuvo presente en todas las conversaciones del viernes. Muchos lo mencionaron tan pronto como supieron que había un colapso. Los controles que siguieron a este incidente endurecieron los controles, pero también dejaron un rastro de desconfianza que no ha desaparecido del todo. “Fue un golpe muy duro”, recordó otro trabajador.
El comunicado de la Comisión Obrera también insistió en distinguir el accidente de Vega de Rengos del de Cerredo de marzo. “Las circunstancias no son comparables”, señalaron, recordando que la zona del derrumbe había sido inspeccionada por el actuario minero el día anterior. El sindicato ha pedido una investigación “completa y exhaustiva” para determinar las causas y reforzar los protocolos de seguridad.
Alipio Díaz, minero jubilado y miembro de la Asociación Memoria Minera de Cangas del Narcea, describe la violencia del derrumbe. «A veces la mina avisa. Eso quiere decir que notas pequeños ruidos o movimientos que te dan espacio para reaccionar. Pero esta vez todo se vino abajo de golpe, sin que tuvieras tiempo de hacer nada», explica.
Díaz también comparte el malestar que trae consigo la región. «Nos sentimos abandonados incluso cuando había más actividad minera», se lamenta, subrayando un sentimiento compartido por muchos veteranos: «La seguridad es lo primero, pero ni siquiera eso garantiza que no ocurra un accidente. Siempre hay algo en la mina que no se puede controlar completamente».
La tarde del viernes en Cangas del Narcea fue larga. El ayuntamiento siguió el rescate en silencio, esperando cada aviso y cada movimiento de los equipos de emergencia. El colapso recordó a todos que la mina, por pequeña que sea, sigue marcando la vida de todo un territorio.
