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Muchas veces he pensado que la justicia es ciega pero también coja


Hace unas semanas tuve un gran lío. Miré mi teléfono, arrastrando los pies, y me encontré con una baldosa danzante: una combinación fatal. Hubo un lapso de tiempo muy corto entre el momento del viaje y el momento en que la trayectoria plana contra el suelo ya era irreversible, durante el cual podría haber luchado un poco más contra la gravedad. Durante el tiempo que ya estaba acariciando como una caricatura, recuerdo haber pensado que si me dejaba llevar, lo peor que podría pasar sería hacer reír a los transeúntes que probablemente seguía. Aún no sé si decidí abandonarme en los brazos de Newton por cansancio, abandono o resignación. Me rompí una costilla y además, cuando miré hacia atrás, no había nadie en la calle que me ayudara a levantarme.
Confiar en la inercia conduce a veces a los peores juicios. Yo, que seguí e informé sobre el caso del asesinato de Isabel Carrasco, nunca podré olvidar el silencio de la policía Raquel Gago, quien fue calificada por los dos asesinos confesos del crimen (uno de ellos su novio) como cómplice de su crimen. Esta mujer tranquila, que realmente no tenía motivos para meterse en semejantes problemas, prefirió creer que la falta de pruebas suficientes sería suficiente para evitar que recibiera un castigo desproporcionado. Acabó recibiendo 14 años de prisión, aunque una audiencia provincial la absolvió. Muchas veces después he pensado si hubiera sido mejor que hablara más antes de caer. Desde entonces, he pensado muchas veces que la justicia es ciega pero también coja.
Cuando ayer se anunció que la fiscalía popular liderada por la asociación ultracatólica Hazte Oír pedía 24 años de prisión para Begoña Gómez por una serie de delitos con nombres muy graves y pruebas extremadamente endebles, estuve tentado de reírme, porque las acusaciones son ridículas. Me contuve. Sólo hay una cosa más peligrosa que abrazar el optimismo socialdemócrata y es no hacer frente al monstruo Leviatán.
