
La propuesta presentada este viernes por el ministro de Hacienda combina claramente elementos positivos con otros que dificultarán su éxito.
En primer lugar, hay que subrayar que se trata de una reforma del sistema actual y no de una ruptura como implica el acuerdo literal entre el PSC y ERC sobre la investidura de Salvador Illa. España no necesita sistemas más coordinados ni fragmentación de la autoridad fiscal. Afortunadamente, la propuesta aclara esta cuestión y nos devuelve al camino federalista. Un alivio.
El plan también es positivo porque reduce la dispersión de la financiación por residente ajustado que provoca el sistema actual y que crea injusticias comparativas. Ganan todos, pero más aún los que son peor tratados por el sistema actual (Comunidad Valenciana, Murcia, Castilla-La Mancha y Andalucía) y menos aún los que estaban en primeros lugares (La Rioja, Cantabria y Extremadura).
Hay luces y sombras en el ámbito de la transparencia y la operación. Si bien es cierto que se están aboliendo fondos que complicaban el modelo, se están creando otros; Es un paso adelante que las comunidades reciban el dinero al que tienen derecho sin tener que esperar a que se llegue a un acuerdo, que se retrasa dos años. Sin embargo, no está claro que el tratamiento diferenciado del IVA que grava a las PYME sea un paso adelante.
La dificultad fundamental que entrañará la propuesta radica en un mayor desarrollo del llamado criterio de ordinalidad. Aparte de los que no cuentan con fondos suficientes, son las comunidades las que más se benefician per cápita Se trata principalmente de Cataluña, pero también de Aragón, Madrid y Baleares. Todos ellos ahora están en o por encima del financiamiento promedio por residente ajustado. De implementarse la propuesta, aumentará la correlación positiva entre la capacidad financiera y los recursos de los gobiernos regionales. Este resultado es justificable a la luz de la experiencia comparada. Pero también es, y ciertamente con mayor fundamento constitucional, una solución en la que todos tengan la misma financiación por residente ajustado.
Es inevitable que este cambio en la norma de nivelación se perciba como una concesión a la posición de una de las comunidades autónomas y no como el resultado de un proceso de negociación multilateral y un amplio acuerdo político. Es cierto que Cataluña siempre ha jugado un papel singular en las reformas. Pero nunca se había traducido en una propuesta tan coherente y precisa para todos. Es previsible que veamos un frente de comunidades autónomas en su contra, lo que reforzará la posición del PP y complicará el futuro de la propuesta, a pesar de sus aspectos positivos.
Por último, hay que destacar el elevado coste que supondría para el Gobierno central la implementación del acuerdo: más de un punto del PIB en un escenario de desaceleración de la actividad económica y presión sobre el gasto en competencias estatales como defensa o pensiones.
