
En este desierto discursivo por el que deambulamos de manera imprevisible, cualquier elemento –cualquiera que sea su naturaleza– que pueda considerarse una referencia firme y fiable es recibido con entusiasmo. Esto es particularmente claro en los espacios públicos. Por tanto, lejos de ser algo casual o accidental, lo que habitualmente se denomina “judicialización de la política” sería poco menos que un resultado inevitable del proceso de desarrollo de ideas en el que estamos inmersos desde hace algún tiempo. Miremos atrás por un momento para intentar justificar esta afirmación.
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