
Si las paredes de la sala del Tribunal Supremo pudieran hablar, podrían informar de acontecimientos catastróficos en España. Allí se conocieron los recursos contra el veredicto del intento de golpe de Estado del 23-F y se juzgó el secuestro de Segundo Marey -primera acción atribuida a los GAL- o la lucha entre el Estado y los líderes independentistas del Procesos. Pero probablemente nunca antes estas paredes, tan vestidas y solemnes, hayan sido testigos de una mezcla de vodevil y signos grotescos de connivencia público-privada como la denunciada en el juicio por manipulación de contratos de mascarillas durante la etapa de José Luis Ábalos en el Ministerio de Transportes. Así lo afirmó el fiscal anticorrupción en su informe final, cuando explicó por qué pide penas tan altas para Ábalos y Koldo García (24 y 19,5 años de prisión, respectivamente). «La corrupción política está corroyendo nuestro sistema democrático y sólo una fuerte reacción contra ella podrá frenarla», afirmó Alejandro Luzón, quien intentó convencer al tribunal de que el exministro, su asesor y empresario Víctor de Aldama habían creado «una auténtica organización criminal» cuyo objetivo era sacar ventaja «bajo la apariencia de la posición de Ábalos». La defensa del exministro y su exasesor pidió la absolución y criticó la falta de pruebas contra ellos, mientras que la defensa de Aldama pidió una mayor rebaja de la pena y defendió la relevancia de su cooperación.
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