
Las investigaciones contra el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero por presunto blanqueo de capitales, integración en organización criminal, tráfico de influencias y falsificación son buenas y malas noticias. Las pruebas recogidas en el auto del juez Calama de la Audiencia Nacional son deprimentes. Por otro lado, el procedimiento indica que, como ha ocurrido en otras ocasiones, no ocurre así con personas que podrían considerarse fuera de cualquier supervisión. Un signo de la solidez del coche (que no destruye la presunción de inocencia) son las reacciones que provocó. En el primer argumento –La justicia, Persecución: los más torpes se quedaron mientras otros defensores regulares del gobierno se retiraban. A estas alturas, sería ridículo sorprenderse de que la portavoz del Gobierno mienta, como hizo cuando dijo que la investigación era fruto de una denuncia de Manos Limpias, aunque fuera fruto de la actuación de los fiscales suizos y franceses, así como de la fiscalía anticorrupción española: sería más sorprendente si dijera la verdad. Los aciertos y errores de Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno no le hacen más culpable. Y por supuesto tampoco lo exculpan.
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