De todos los documentos desclasificados sobre el golpe del 23-F hay uno que avanza a la luz de la historia. Este es un breve relato de cómo le fue al Partido Comunista de Santiago Carrillo después del golpe militar que interrumpió el naciente proceso democrático. Destaca que los comunistas estaban preocupados por el intento de la extrema derecha de “involucrar a la monarquía en la conspiración” y “destruirla como institución democrática” a través del “mercado negro de rumores”. Al leerlo 45 años después, uno se da cuenta de hasta qué punto el espíritu de transición se basó en la renuncia colectiva a reabrir viejas trincheras y en la voluntad de construir un proyecto común.
Esa España, que primero selló los Pactos de La Moncloa para llevar estabilidad económica a un país azotado por la inseguridad y luego acordó una constitución integral, logró un consenso sin precedentes en su historia contemporánea. El fracaso del golpe reforzó la creencia de que las fuerzas de seguridad del Estado y las fuerzas armadas, aún impregnadas del franquismo, debían subordinarse al poder civil, poniendo fin a una triste historia de declaraciones.
En este contexto, la figura del rey Juan Carlos I jugó un papel central. Su intervención durante el 23-F reforzó la imagen de garante del orden constitucional, lo que le dio una legitimidad casi indiscutible. Sin embargo, el mismo escudo institucional, amparado por los sucesivos gobiernos del PSOE y PP y con la complicidad de los medios de comunicación, ha contribuido a que a lo largo de los años se pasen por alto conductas que ya no son compatibles con el estándar de conducta ejemplar. Las revelaciones sobre su desordenada vida extramatrimonial condujeron finalmente a la erosión de la institución, lo que finalmente desembocó en su abdicación, decisión que probablemente salvó a la monarquía. La publicación de los expedientes secretos del 23-F no exonera en modo alguno a Juan Carlos I de los delitos económicos cometidos, pero confirma que supo estar en el lado correcto de la historia en un momento crucial para España.
Casi medio siglo después de la transición, la monarquía opera en un panorama político mucho más fragmentado y con menos reverencia. El descontento con la Corona es evidente entre los partidos de izquierda del PSOE y entre los independentistas catalanes, que apoyan la intervención de Felipe VI. No te olvides en la corona Procesos.
La distribución de los documentos confidenciales del 23-F también refleja que había (y hay) una extrema derecha profundamente feroz que no comprende del todo el papel del rey en la democracia. Los folletos militares que, tras el golpe, resaltaron el error de “dejar libres a los Borbones” y señalaron a Juan Carlos I como un “objetivo a derrotar” tienen un denominador común con el presente. En el ecosistema ultradigital, el rey Felipe VI. vilipendiado con nombres insultantes por cumplir con su obligación de sancionar las leyes aprobadas por el actual gobierno, o criticado por discursos considerados globalistas. Esto significa que se olvida la neutralidad que la constitución exige del rey en el futuro político y que es la base de su legitimidad. Lo contrario sería cometer lo que se definió en el pasado borbóntérmino que afortunadamente está prohibido en la España actual.
