
Esta semana se cumple 30 años del asesinato de Francisco Tomás y Valiente por ETA el 14 de febrero de 1996. Este jueves ha sido homenajeado en el Tribunal Constitucional, del que fue presidente entre 1986 y 1992. Los conocimientos que Paco Tomás -como se le conocía cariñosamente en la oficina de fianzas- poseía en esta materia eran enormes y siempre al servicio de las soluciones jurídicas más sensatas y de la correcta interpretación de las normas. Su preocupación era garantizar la significatividad y el equilibrio en las decisiones del tribunal, en sus debates y en su impacto externo.
Tuve el privilegio de trabajar muy de cerca con él, con entrevistas periódicas y visitas a su oficina, donde siempre habló con tacto y claridad. Le alarmaban los signos de distanciamiento de las instituciones y con frecuencia invocaba el deber de los dirigentes políticos de actuar con plena responsabilidad para preservar la reputación del sistema constitucional. Hubo momentos durante este sexenio en los que hubo feroces conflictos por cuestiones territoriales. Hubo cientos de impugnaciones constitucionales y conflictos jurisdiccionales incluso después de que el obstáculo de la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA) fuera superado mediante sentencia de 1983, un año y medio después del intento de golpe del 23-F.
La tesis de Tomás y Valiente era que el nacionalismo y especialmente el nacionalismo catalán darían un gran paso si decidieran cooperar con la estabilidad del sistema asumiendo responsabilidades y entrando a formar parte del gobierno, como luego propuso muy claramente el PSOE en la última legislatura de Felipe González. “Díganle a su pueblo, los catalanes, que no se contenten con gobernar en Cataluña, sino que asuman el desafío de gobernar para todo el país”. En aquellos años, este llamamiento se dirigió principalmente a CiU y a su líder Jordi Pujol, que nunca quiso asumir este compromiso ni quiso permitir que otros miembros de la misma formación lo hicieran.
En una de estas reuniones me mostró una carpeta que contenía una propuesta de conflicto de poderes sobre el tema de las “gallinas ponedoras en batería”. Tomás y Valiente irónicamente señaló lo innecesario de tantos conflictos y me hizo otro pedido. «Dígales», me pidió, «que no tienen que ir al Tribunal Constitucional para resolver este asunto. Para resolver esta controversia, tal vez les bastaría con cambiar de posición». Anécdotas aparte, el tribunal se mostró esencialmente muy sensible ante una cuestión que preocupaba seriamente a la mayoría de las fuerzas políticas catalanas, y no sólo a CiU, como era la enseñanza de la lengua catalana. De hecho, el Tribunal Constitucional avaló la inmersión en sus primeras resoluciones, aunque posteriormente la sentencia de reforma estatutaria de 2010 reabrió el debate.
Tomás y Valiente, de origen valenciano, siempre ha tenido una “sensibilidad” autónoma. El 18 de enero de 1996, apenas un mes antes de su asesinato, ingresó al Consejo de Estado como asesor permanente y en su discurso rindió homenaje a su antecesor en ese cargo, el Capitán General Manuel Gutiérrez Mellado. Sobre esto citó al licenciado Sebastián de Covarrubias, quien escribió en su libro de 1611 Tesoro de la lengua castellana o española Se refirió al término “patria” como “el país en el que uno nace”. “Este país”, aclaró Tomás y Valiente, “no se identifica con la patria o la patria, ni está delimitado geográficamente, sino políticamente: es el país de la sociedad política, del pueblo al que se pertenece”. Como buen hombre que era, Tomás y Valiente siempre utilizó la ley y su historia para unir y predicar el consenso. Por ello, su concepto de “hogar político” debía entenderse como una expresión de la voluntad de vivir “en una relación de búsqueda generosa de su bienestar, su bienestar, su paz y, en estos tiempos de conciencia democrática general, su libertad”.
