
Seguir la política española a diario se está convirtiendo cada vez más en un trabajo a tiempo completo. Actualmente, por ejemplo, cualquier ciudadano que quiera estar informado se ve obligado a seguir cada evolución en el frente judicial que afecta a los casos de corrupción, y al mismo tiempo tiene que dedicar no menos tiempo a procesar la constante información que surge sobre las causas de la tragedia ferroviaria. Y si intentamos centrarnos en lo que concierne al Parlamento, el esfuerzo no es menos arduo: lo que nos espera es el complejo mundo de los decretos ómnibus, es decir, aquellos que cubren varias áreas temáticas dentro de un mismo instrumento jurídico. Como vimos con la última medida, que combinó el aumento de las pensiones con la seguridad social y varias medidas más, el resultado, lejos de permitir la aprobación de todas las medidas, fue el contrario. Fue rechazado en todos los ámbitos, aunque si se hubiera presentado por separado la mayoría probablemente habría encontrado el consenso necesario.
Lo peor no es sólo que esta forma de legislación impide concentrar la discusión pública en las áreas individuales sujetas a regulación, lo cual es esencial para conocer la opinión de cada grupo político individual o las posibles alternativas que ofrecen; Lo peor es que tenemos que empezar las negociaciones desde el principio, tema por tema y grupo por grupo, lo que significa que todo el esfuerzo anterior será inútil. Dado el período electoral en el que nos encontramos -la próxima temporada es Aragón- en el que todo puede servir para elevar la temperatura del enfrentamiento, el incentivo para llegar a acuerdos también es cada vez menor.
La consecuencia más importante de todo el atolladero en el que ha caído la política española no es sólo cognitiva, es decir, la dificultad para concentrarse en lo que sucede y luego exigir a cada individuo la responsabilidad necesaria; La imagen que se transmite, propia de la ingobernabilidad, es la de que la política no hace justicia a lo que se le puede exigir ni es eficaz para resolver requerimientos específicos. Con el telón de fondo del accidente del AVE, que supuso un auténtico golpe a nuestra autoestima como país, el espectáculo de las constantes discusiones sobre la mayoría de cuestiones nos lleva a la melancolía colectiva. O, peor aún, puede llevarnos a recurrir al radicalismo populista, la única opción política que crece sin más propuestas que el rechazo al sistema en su conjunto. Es decir, recurrir a una solución mediante la destrucción.
La pérdida de confianza en los sistemas democráticos se debe al inmenso contraste entre lo que sus actores políticos prometen y lo que luego son capaces de poner en práctica. En condiciones políticas normales y una gobernanza más o menos efectiva, la distancia entre una dimensión y la otra tiende a disminuir. El problema es que las expectativas generadas están en desacuerdo con lo que la gente finalmente percibe como cumplido, y faltan las herramientas políticas necesarias para abordar el malestar resultante de su frustración. Creo que esto es exactamente lo que está sucediendo en España: un gobierno con apoyo político heterogéneo, cada uno con su propia agenda y comprometido en constantes negociaciones al margen, y una oposición agobiada por su potencial dependencia de la extrema derecha. Algunos buscan resistir y aferrarse al poder; otros estaban obsesionados con lograrlo. ¿Y dónde estamos? Como árbitros de este litigio, sí, pero sobre todo esperan una solución eficaz a sus problemas. Soluciones ómnibus. En la traducción correcta: «Para todos». El interés general de toda la vida.
