
Preguntas formuladas el último miércoles de marzo en la tribuna de prensa del Congreso, con la comparecencia de Pedro Sánchez para hablar de la guerra que Estados Unidos e Israel han lanzado contra Irán. Por ejemplo, a quién dirige María Jesús Montero sus miradas de desaprobación -la cabeza regañona tan característica de ella- o qué diputada pronunció la frase «es terrible» cuando Sánchez mencionó en su discurso la legalización de los inmigrantes.
Hay otras dudas, quizás más sutiles, como qué representante de cada grupo inicia el aplauso cada vez que su líder hace una pausa dramática. O por qué, cuando, tras la intervención de Sánchez, Núñez Feijóo y Abascal, le llega el turno a Verónica Barbero a Sumar y acto seguido parece como si hubieran dado barra libre a los presentes para no hacer el más mínimo caso a los que llegaron después. Celulares, susurros y miedo por el café socorrido, y volveremos cuando salga el que nos gobierna. Qué señoría, señoría.
Luego está la certeza de que los grupos de jóvenes que llenan las gradas visitantes dejarán de bostezar cuando Gabriel Rufián aparezca en escena. Alguien saca su cuaderno y toma notas; otros buscan la mirada de sus compañeros, como para advertirles que sólo entonces comenzará la fiesta. Saben que como buen creador de contenidos, el diputado les dirá cosas que entenderán a la primera, aunque algunos conceptos sean normales, como el momento en el que le dijo a Sánchez: “Tu potranca es legendaria”. Oh. Sin embargo, el presidente parece tener cierta animadversión hacia el portavoz de ERC. Tal vez necesites probar una respuesta gestual diferente, te sugiero. Y tenemos a Rafael Hernando, que trabaja como un Teine: aumenta la tensión cuando el ambiente es débil. Y a Patxi López, que debería desvelar qué desayuna para reconocer tanta producción de adrenalina.
Este miércoles pasaron otras cosas. Tuvimos la oportunidad de constatar una vez más que la política actual está llena de barro y a veces de buenas intenciones. Sánchez pidió simpatía, se acordó de Aznar y, con cierta reserva, intentó decir algo interesante, sabiendo que tendría que guardarlo para más tarde, tras escuchar a sus adversarios políticos. Feijóo respondió “No a la guerra y no a ti”, habló de “dogmatismo climático” y mencionó los nombres de Donald Trump y Benjamin Netanyahu un total de cero veces. También mostró el odio que le tiene a su compatriota Yolanda Díaz, otro detalle en el que aún hay que trabajar, porque el rencor es un mal compañero de viaje. Abascal sacó sus cartitas de siempre porque dijo las de siempre, tremendamente ilusionantes y con reflexiones sorprendentes en esta ocasión, como cuando dijo que a Sánchez «le gustan las pandemias».
Y, finalmente, qué triste empresa la de convertir y reducir el parlamentarismo a un duelo. Qué abuso es el uso de palabras como valentía, cobardía, ganadores y perdedores en los discursos de caballeros. A ver si te atreves y si tienes lo necesario. Qué pobreza, qué tristeza, qué cansancio. Que país tan pequeño nos vamos. Quizás no desayuno mucho.
