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Idoia espera en Talavera de la Reina (Toledo) para regresar a su localidad de Sotillos de la Adrada (Ávila), de la que fue expulsada el sábado. Espera con su móvil una señal, una pista de dónde puede regresar, aunque la situación del “peor incendio” de la historia de España aún no está controlada. Tiene ganado, pero ahora no le importan sus animales ni su propiedad carbonizada. Todavía no ha tenido tiempo de pensar en lo que destruyó el fuego. Sólo piensa en tus vecinos. La mayoría acató la orden de desalojo, pero una cincuentena optó por permanecer en Sotillos. «Muchos estaban en la montaña como bomberos voluntarios y la misión los pilló allí, y cuando se fueron a la ciudad se quedaron para seguir ayudando como voluntarios. Muchos tenían animales y por eso se quedaron», explica. Entre ellos se encuentra el alcalde del municipio, Juan Pablo Martín, que permanece en Sotillos y coordina la respuesta de los que quedaron atrás. Se niega a hablar con la prensa hasta que las llamas estén controladas e Iván, coordinando con los demás en la plaza del pueblo, contesta el teléfono. “Llevamos cuatro días respirando humo, pero la situación está mejorando”, admite. Cuenta que su padre logró superar los estrictos controles que la Guardia Civil había puesto en todas las entradas y les llevó suministros y herramientas. Y fuerza porque confiesan que han superado tras varios días de extinción. La comunicación con ellos a veces se vuelve complicada ya que hay constantes cortes de energía, agua y comunicaciones debido a las medidas de seguridad contra incendios. Exigen baterías portátiles y alimentos no perecederos. El propietario de un supermercado de la ciudad ha dejado abierto el acceso al lugar, pero ya se están agotando los productos.
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