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La pederastia clerical, el mayor escándalo de los últimos tiempos en la Iglesia española, no fue uno de los temas centrales del viaje del Papa a España y, sin embargo, tuvo una presencia destacada. No fue una decisión del pontífice ni de los obispos españoles -que marcaron la línea de no dar importancia al problema- sino de las víctimas, que señalaron el elefante en la sala: ¿uniría fuerzas con las asociaciones de afectados para afrontar la controvertida gestión de la jerarquía eclesiástica? Todas las miradas estaban puestas en las primeras palabras de León XIV sobre el tema, ya que marcarían el rumbo de un discurso que aún no ha definido tras un año de pontificado. «Es una herida que todavía está abierta», dijo a este diario durante el vuelo papal antes de aterrizar en Madrid, confirmando que se reuniría con las víctimas pero que sería «imposible recibirlas a todas». Tres días después habló con los obispos sobre el tema, pero sin mencionar la palabra pedofilia ni criticar el encubrimiento de los casos.
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