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Si algún día se afianza la idea de una reforma profunda para garantizar la existencia de barreras sólidas contra la corrupción en nuestro sistema, habrá que aprender muchas lecciones de los casos que han llenado las portadas y los boletines de los últimos meses. Lo más importante es el funcionamiento de los poderes del Estado y de las instituciones, para que nadie exonere o condene a otro y su trabajo no se confunda con el abuso de poder o el ejercicio de la oposición, que es esencialmente para lo que ya está el Parlamento. En cualquier caso, todo lo que se haga debe corresponder al deseo de coherencia ética, que elimine o reduzca drásticamente los riesgos de caer en contradicciones difíciles de superar.
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