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En España era difícil nombrar el franquismo. Siempre me pareció una aberración patológica que nos alejaba de las democracias europeas, por no hablar de su propia historia. No fue hasta el 20 de noviembre de 2002 que la Cámara de Representantes utilizó por primera vez en una declaración institucional el término “dictadura franquista”, que algunos analistas consideran inadecuado. De ahí la mejor noticia que dejó la encuesta de 40dB. Para EL PAÍS y la Cadena SER, creo que se da el caso de que el 85% de los ciudadanos españoles reconoce que el régimen de Franco fue una dictadura, una opinión mayoritaria en todos los electores, incluido el de Vox, aunque en este caso con un apoyo muy por debajo de la media.
Sin embargo, esta percepción choca con otros datos menos alentadores. Sólo el 55% valora negativamente la dictadura de Franco, una cuarta parte la valora igualmente -ni buena ni mala- y el 15% la valora positivamente.
Mirando hacia atrás, la evolución de la apreciación del régimen de Franco en España muestra avances pero también retrocesos preocupantes. Por un lado, con el tiempo son cada vez más quienes ven esta fase como un período negativo en la historia de nuestro país. Según datos del CIS, en 1985 poco más del 25% sostenía esta opinión y en 2000 había aumentado a casi el 40%. Sin embargo, mientras que en aquellas décadas eran los jóvenes los que eran mucho más críticos y duplicaban su evaluación negativa del régimen con respecto a sus mayores, hoy la situación se ha invertido: son las generaciones más jóvenes, y especialmente los hombres, quienes están menos dispuestos a evaluar negativamente al régimen.
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La distancia entre reconocer el franquismo como dictadura y evaluarlo revela algo fundamental: equiparar un régimen con una dictadura no significa necesariamente condenarlo. Una mezcla de inercia cultural, historias familiares, silencio institucional y una pedagogía democrática inadecuada ha permitido a un sector de la sociedad relativizar o incluso legitimar el franquismo. La dictadura se reconoce como un hecho histórico, pero todavía hay quienes la perciben como una etapa que en general “tuvo sus lados buenos”.
Seguramente hay quienes no consideran especialmente malo que alrededor del 40 % de los ciudadanos no condenen de forma inequívoca el franquismo. Después de todo, la economía creció en los últimos años del régimen, y cualquiera que exprese equidistancia o incluso simplemente una valoración positiva sólo estaría reconociendo “hechos objetivos”. Sin embargo, la valoración del franquismo depende mucho de la ideología, lo que demuestra que no se trata de un juicio neutral, sino de una interpretación política de lo ocurrido. Además, cuanta menos información hay sobre el franquismo, menor es el rechazo a lo que se suponía: la falta de conocimiento histórico es terreno fértil para relativizar este período. No es casualidad que quienes menos saben sobre este período -especialmente los más jóvenes- sean también los menos propensos a condenarlo. Por ello, me parece imprescindible el ejercicio de la conmemoración democrática, tan presente hoy en las páginas de este periódico.

