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Según el último barómetro del CIS, Gabriel Rufián es el cuarto político más popular para el cargo de presidente del Gobierno. En plena fase de autodestrucción del antiguo espacio de Podemos, el presidente de Esquerra Republicana es el primero en aparecer por la izquierda del PSOE. Este hipotético capital electoral, nutrido de un eficaz discurso demagógico que prevalece en las redes de sus intervenciones en reuniones de control o comisiones de investigación (ya no trabaja mucho tiempo), le permite vivir al margen de la facción que dirige, casarse con la dirección de su partido para romperla y, al mismo tiempo, intentar promover una alternativa antifascista en el escenario de una mayoría del Partido Popular con Vox. Si Oriol Junqueras no logra revertir la situación -la próxima semana regresará a Madrid para mediar en su mayor crisis interna-, no es imposible que Rufián acabe siendo un candidato víctima en el área que le resultaba más natural: no el movimiento independentista, sino el viejo Podemos. La paradoja es que sin el independentismo Rufián no existiría.
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