
Pedro Sánchez resiste, aunque empezó la legislatura tergiversando la amnistía a los implicados Procesosque pasó de ser una abominación a ser completamente inconstitucional. A pesar de una mayoría negativa en el Congreso después de que Junts recientemente diera un portazo, paralizando un mandato ya de por sí complejo. Aunque los presupuestos generales del Estado se han prorrogado a partir de 2023 y no hay expectativas de aprobación de nuevos presupuestos. A pesar del asedio legal de su esposa y su hermano. A pesar de la reciente condena del Fiscal General. Y por último, sus dos exsecretarios de organización en el PSOE, personas en las que confía absolutamente, se ven envueltos en un vergonzoso robo.
Cada uno de estos episodios, por separado, sacudiría a un gobierno; En conjunto, esto haría que no fuera rentable. Pero no es así en el caso de Sánchez, que vuelve a convertir la resistencia en una forma de victoria, para desesperación de la legión de críticos cuyo miedo al cambio les lleva a un discurso amplio que atrae a una España apocalíptica que vuelve a poner en riesgo no sólo su democracia sino también su supervivencia.
Afirmar que España va directo hacia una dictadura o que ya es una autocracia no sólo es una idiotez, sino que además no encaja bien con la tozuda realidad que persigue a Sánchez. A nivel político, la confianza de los aliados de la investidura está disminuyendo y su margen para tomar decisiones que impacten a los ciudadanos es cada vez menor. Y en el plano judicial, los jueces investigan sin restricciones tanto los casos que afectan a su ámbito familiar como los casos de corrupción que afectan a dirigentes socialistas. España no es una satrapía, como afirman sus críticos, ni tampoco guerra legalcomo creen quienes ven una conspiración para acabar con el gobierno, aunque algunas decisiones judiciales sean incomprensibles.
Es cierto que Sánchez ya ha acumulado muchos de los vicios de poder que tuvieron sus antecesores: la tentación de colonizar las instituciones, utilizar de forma sesgada los medios públicos, interferir en empresas privadas o atribuir sus problemas a intereses ocultos e indescifrables. Su sentido oportunista y pragmático de la política le ha permitido navegar en aguas turbulentas, tanto a nivel orgánico como institucional, durante casi una década. Y en 2026, con el inicio del nuevo ciclo electoral en España, se enfrenta a otra decisión trascendental que marcará su futuro y el de su partido. Si acelera el calendario electoral parlamentario hasta 2027, como ha afirmado repetidamente, sus candidatos municipales y regionales serán los primeros en sufrir en las elecciones el innegable desgaste del gobierno. Los previsibles pactos de un PP estancado y un Vox adulto le darían la oportunidad, como en 2023, de ganar las parlamentarias con apoyos. Si se adelanta a elecciones, será él quien primero se exponga al juicio de los ciudadanos y quite presión a los candidatos territoriales socialistas que, en este caso, serían los beneficiarios de las primeras decisiones de un gobierno del PP con los ultras. Éste es el dilema electoral de Sánchez… y del PSOE.
