
Los sueños ya no son lo que eran. Al menos ese es el sentimiento general. Durante años se han advertido sobre una pandemia silenciosa de insomnio. El problema ya no se interpreta como un problema individual o médico, sino como un fenómeno social asociado a largas jornadas laborales, hiperconectividad digital, ansiedad y ritmos de vida locos. Hay algunos datos que podrían apoyar esta idea. En España, la Sociedad Española de Neurología estima que más de la mitad de los adultos duermen menos horas de las recomendadas y que casi el 50% no consigue un sueño reparador. El consumo de somníferos se ha triplicado en menos de 20 años, como si la sociedad hubiera acabado convirtiendo el descanso -una necesidad biológica- en una variable más para optimizar, aumentar, cortar. El sueño es importante para eliminar los desechos metabólicos del cerebro, mejorar las sinapsis y maximizar la eficiencia del procesamiento cognitivo. Entonces, si esto disminuye a un ritmo acelerado, nos enfrentaríamos a un problema importante. O no.
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