
Carlos Mazón se aferró hasta el final a su valor moral más importante: el engaño, la falsificación deliberada de la realidad. Su dimisión (aplazada un año) no es una dimisión total, sino una dimisión parcial e interesada: como presidentepero no como diputado ni como líder del PP. Con ello quiere garantizar un salario público y la protección de los empleados.
Su admisión de errores no fue tal, sino más bien una autoexculpación. Afirmó que su error fue “sobre todo” “mantener la agenda” de Dana. Eso no es cierto: ninguna agenda le exigía permanecer en las sombras durante más de cuatro horas. No estar donde debería estar y cambiar once veces su declaración (¿es cierto?) es la clave para romper el contrato que une al gobernante y a los ciudadanos.
Los hechos también son oscurecidos por su protector Alberto Núñez Feijóo, tan dudoso como indudablemente partidario. Al considerar su dimisión como “una decisión acertada”, se contradice ya que pretendía aplazarla. Y si fue lo correcto y proporcionó una “lección” para otros, ¿por qué no se pidió antes, en los 370 días que han pasado desde el desastre?
La distorsión de la verdad, las mentiras sistemáticas y repetidas, el engaño estructural a los ciudadanos -lo que ahora llamamos «posverdad» o «realidad alternativa» («El fin del mundo común», Máriam Martínez Bascuñán) o «post-vergüenza» («La vacuna contra la locura», José Antonio Marina)- es la cosecha política de este período, de acuerdo con su hilo conductor.
En su fase final, en torno al primer aniversario de la Dana, y más aún en los cinco días que transcurrieron entre el homenaje estatal a las víctimas del siglo 29 y el pasado lunes, todo se movió a la velocidad de la luz. España, pero sobre todo el Partido Popular, sigue en medio de un tsunami político cuyo precedente es el estallido de la posverdad, aunque con otro origen: el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 en el tren de Atocha.
Durante un tsunami, nada en el paisaje es igual que antes. La perturbación dura mientras la máxima intensidad del dolor radique en las víctimas: 193 fueron asesinados en ese momento, 229 murieron en la tormenta que devastó l’Horta. El dolor indignado pasa a la fase de aceptación, procesamiento y mejora sólo cuando sus agravaciones políticas causadas por el desafortunado liderazgo de sus gobernantes más directos disminuyen.
Y por su terquedad al negarlo. Un año es mucho más que cuatro días. Demasiado desconocimiento del malestar social que surge no sólo de la muerte de seres queridos, sino también de la humillación infligida a sus seres queridos, huérfanos de empatía que nunca son llamados y siempre atacados por protestar. Revictimización. También hay similitudes entre el Madrid de 2004 y la Valencia de hoy. Y en el camino de transferir la propia responsabilidad a los demás: a los manifestantes de la Jornada de Reflexión; al sanchismo, ahora.
El momento detonante de la victoria electoral de Mazón fue el homenaje en la Ciudad de las Artes, que resultó ser su funeral político. Allí la obstinada protesta ciudadana de los indignados quedó finalmente fundamentada institucional y ceremoniosamente – desde la calle hasta el palacio – delante del jefe de Estado… y delante de todos. La persona responsable de su protección y escolta, su presidenteNo sólo no estaba donde se suponía que debía estar, aunque debería haber estado: todavía no estaba con ellos, ni con nadie. Peor aún, acudió a la triste pero reconfortante fiesta como si estuviera allí, sólo para desairar a los que celebraban, quienes esta vez ya no lo invitaron a compartir nada con él.
Hubo un recuento de datos de lo sucedido, recogidos por la instrucción judicial de la jueza incorruptible Nuria Ruiz Tobarra, tan discretos que ni siquiera conocemos su foto. Y para el periodismo.
Ambos se unen para contener la barbarie de la mala gestión en la peor tormenta, hasta las fatídicas horas en que se esconden en un restaurante. Y 37 minutos de desconexión total que deberían haber salvado vidas. Si bien aún no se encontraba en el Centro de Coordinación de Emergencias, donde debía estar, ya que tenía la facultad de dictar órdenes y coordinar a los miembros de su consejo bajo el artículo 28 de la Carta. Así el secreto fue revelado y el secreto fue levantado: como lo fue aquel que lo usó para protegerse de la vergüenza.
El perdedor inmediato del 11-M fue José María Aznar, el aznarismo duro. Tuvo que despedirse del respetable personaje envuelto para siempre en la mentira de que “fue ETA” y no yihadismo. El daño colateral lo causó su colega Mariano Rajoy, cuyo ascenso al poder quedó aplazado. El factor decisivo fue el valioso compromiso de las víctimas y los ciudadanos. Incluso ahora, cuando Mazón y su protector Feijóo han terminado, él es elevado a protagonista principal del drama. Sin padrino no hay ahijado.
