
Cada vez que un testigo llega a su casa, el presidente del tribunal, Andrés Martínez Arrieta, le pregunta: “¿Conoce al imputado?”. Y el testigo los mira como si se tratara de una rueda de reconocimiento (“A ver, vosotros, levántate y date la vuelta”). “La conozco por la televisión”, dijo uno la semana pasada. Algunos lo confirman, otros aclaran la relación con cada individuo. Juan Ignacio Díaz Bidart, exjefe de gabinete de la industria, es uno de estos últimos. Aparece con un traje azul, se sienta frente al tribunal y examina automáticamente a los tres acusados. “Conozco a Koldo”, dice con confianza. “Aldama no, una vez saludé a Ábalos”. Y cuando dice, ¿y Ábalos?, levanta la mano para recrear cómo lo saludó. Entonces lo saludó y levantó levemente la mano. Es el momento más loco del juicio. Este nervioso testigo que, en aras de la transparencia, dice que alguna vez saludó a Ábalos y recrea desde la distancia el saludo que le dirigió. Ábalos le mira sorprendido desde el banquillo.
—A ver, ¿cómo hiciste eso? – El presidente del tribunal se inclina hacia delante, muy interesado.
“Entonces”, el testigo vuelve a levantar la mano.
—¿Siempre lo saludaste así? ¿No moviste la mano? ¿Fue un saludo con muñeca firme y mano rígida, como los camioneros?
– Sí, sí, así.
«Muy bien, ya puedes irte, ya es suficiente».
“Muchas gracias, adiós”, se despide moviendo la mano de izquierda a derecha, tal como lo hacía la Reina de Inglaterra.
—A ver, espera, ¿cómo te va la mano ahora? Vuelve a sentarte.
Esta conversación no ocurre por milagro. El juicio se encuentra en un momento muy peligroso a la espera del testimonio de Aldama, Ábalos y Koldo García la próxima semana. La primera testigo de la mañana se llama Ana María Aranda Jaraíces y era secretaria de José Luis Ábalos. Acompaña sus respuestas con las manos, sostiene lo que dice con movimientos suaves, mueve las manos hacia adelante y hacia atrás como un Luis Cobos de testimonio judicial.
Viste camiseta blanca, chaqueta verde claro, gafas y cuelga una tarjeta con T mayúscula como testigo, como el señor T. Su lugar de trabajo estaba en la antesala del despacho del ministro, por lo que su interés en las acusaciones es saber quién pasó por allí y dónde. ¿Quién le dio acceso al señor Aldama? ¿Había un ascensor directo a la oficina? ¿Aldama estacionó su auto en un estacionamiento especial del ministerio? La secretaria de Ábalos contesta como puede. Muchas de sus respuestas ya no van acompañadas de sus manos, sino de la gran y acusada cabeza de Koldo García, quien se ríe cuando se le pregunta sobre temas que niega con su gran cabeza mientras arma un escándalo y el testigo lo confirma con un “No” menos rotundo.
«En 13 de los 293 viajes que hizo el ministro estuvo Jésica Rodríguez. Los viajes los pagaba Koldo García: él daba una tarjeta y yo lo cargaba. Era una tarjeta personal», dice Ana María Aranda.
¿Era un mapa que terminaba en 1068? le preguntan. La testigo no lo puede creer: ¿Cómo va a recordar los números de la tarjeta Koldo cuando el 90% de los españoles no sabe el número de teléfono de su madre? ¿Qué sigue, el PUK del Oficial de Seguridad del Ministerio? La exsecretaria de Ábalos -quién sabe lo ocupada que estuvo esta mujer durante los años locos del político, ese trabajo debió ser como la secretaria de prensa de Paulina Rubio durante la pandemia- tiene pinta de querer volver a casa. Vete a casa para siempre y no vuelvas a ser secretaria de nadie en el mundo del espectáculo.
