
Vox es ahora un partido debilitado, lo que no significa que sea un partido pagado. La derrota de Viktor Orbán y los excesos de Donald Trump han puesto al equipo de Santiago Abascal en una situación internacional cada vez más incómoda. Mientras Giorgia Meloni en Italia pudo reaccionar ante los insultos de Trump contra el Papa León XIV, en Vox la brújula se ha desmagnetizado. A esto se suma un malestar interno cada vez menos oculto y voces de algunos ex socios respetados como Iván Espinosa de los Monteros comienzan a cuestionar abiertamente el rumbo del partido.
Con estos mechas, el PP en Extremadura -país donde María Guardiola prometió que nunca gobernaría con Vox- optó por un acuerdo cosido con hilo prestado. Los partidos populares duplican con creces el apoyo de la extrema derecha y, sin embargo, han negociado para aceptar la urgencia, incluidas medidas xenófobas, si no directamente ilegales. No tenían prisa ni les faltaba alternativa: volver a marcar era una opción real, con sus costes, pero si se gestionaba bien no tenía por qué convertirse en un desastre.
El hecho de que Vox consiguiera introducir en el acuerdo expresiones como “prioridad nacional” en este contexto no es una anécdota semántica, sino un síntoma de hasta qué punto el PP está dispuesto a ampliar –o desdibujar– su marco ideológico. Hasta el momento, tanto Juanma Moreno como Isabel Díaz Ayuso habían contenido a Vox por medios antagónicos, y ambos resultaron eficaces. El caso extremeño apunta en otra dirección: arriesgado, difícil de digerir para los votantes moderados y en algunos aspectos rozando la legalidad.
El líder del Partido Popular parece dispuesto a entablar una relación con Vox en la que el acuerdo no sea sólo de carácter computacional sino también discursivo. Y eso tiene consecuencias que van más allá de Extremadura. Porque en política las concesiones tienen memoria: lo que hoy se firma como excepción puede consolidarse mañana como norma, y lo que se presenta como pragmatismo reivindica ahora el estatus de programa en el tiempo.
Los partidos no se definen por necesidad. Se delatan cuando todavía tienen otra opción. El PP tuvo la oportunidad de votar y tenía todas las ventajas para hacerlo en mejores condiciones. Este pacto inaugura lo que bien llamaríamos la calle Feijóo. Y no es una reacción a la situación: es una declaración de intenciones. Si estos son los términos del acuerdo con un Vox debilitado, no es difícil imaginar qué pasará cuando los hombres de Abascal recuperen el aliento.
