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    Quien se resiste… puede perder | Opinión

    Heberto Corrales DomínquezBy Heberto Corrales Domínquezdiciembre 16, 2025No hay comentarios7 Mins Read
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    La situación política en España es actualmente complicada. Para analizarlo con un mínimo de distancia, me gustaría intentar identificar los cuatro elementos fundamentales que nos permiten interpretar lo que está sucediendo.

    En primer lugar, hay un gobierno progresista que tiene una buena trayectoria, especialmente en comparación con el gobierno que existía antes de que Sánchez llegara al poder. Teniendo en cuenta los recortes de entonces (en el gasto social, en las pensiones) y dada la desregulación del mercado laboral, hoy tenemos una reforma progresiva de las pensiones, un mercado laboral más justo y más eficiente, nuevas políticas sociales, etc. La economía también está en un círculo virtuoso y está experimentando un crecimiento menos desequilibrado que en el pasado. La situación en Cataluña, gracias a la ley de amnistía y otras medidas previas, no se puede comparar con la situación del último gobierno de Mariano Rajoy. En materia de “deuda”, el gobierno de Sánchez ha logrado poco en materia de vivienda y hay varios indicadores de desigualdad y pobreza que no mejoran. Además, en esta última fase el Gobierno sufre una gran debilidad parlamentaria, el bloque de investidura está roto (distanciando a Junts y Podemos) y por tanto los planes presupuestarios no se aprobaron ni una sola vez en esta legislatura.

    En segundo lugar, hay una oposición augusta que habla más de burdeles y la familia del presidente que de política y alternativas. Ha creado una burbuja política, la del antisanchismo, que saca a relucir los peores sentimientos de la sociedad y que, con la indispensable cooperación de los medios de comunicación y de los columnistas arrojados al bosque, ha elevado la confrontación y la tensión a niveles desconocidos. Todo esto está sucediendo en medio de un evidente movimiento derechista en la sociedad (como está sucediendo en muchos otros países del mundo) y no se puede descartar que la suma de PP y Vox alcance la mayoría absoluta en las próximas elecciones.

    En tercer lugar, hay una ofensiva legal contra el gobierno. Hace unos días Jordi Nieva-Fenoll hacía en este periódico un claro e impecable panorama del activismo político del Tribunal Supremo durante el actual ciclo político, lo que me ahorra entrar en detalles. El Tribunal Supremo ha creado una especie de “espacio judicial” gracias al cual algunos jueces actúan como francotiradores, investigando casos extraños que serán examinados como ejemplos en el futuro. guerra legal.

    En cuarto lugar, han salido a la luz algunos escándalos de corrupción que representan un daño real y profundo a un gobierno que se presentó ante los ciudadanos como una cura para el PP del Cinturón y la Policía Patriota. Se jubilan dos secretarios de organización del PSOE (uno de ellos exministro), un expresidente de la SEPI plomero el partido, que ha estado implicado en varios atentados… así como en varios casos de conductas machistas y acoso sexual, algunos de los cuales fueron cometidos por personas muy cercanas al presidente. Estos escándalos son demoledores para el gobierno y especialmente para el PSOE.

    Hasta el momento, el presidente del distrito reconoció la gravedad de los casos de corrupción, expulsó del partido a los implicados y pidió disculpas a los ciudadanos. Si no ha progresado es porque puede presumir de una dirección bastante presentable (elemento 1), porque la oposición ha flaqueado y mucha gente teme un futuro gobierno reaccionario (elemento 2) y, finalmente, porque los verdaderos casos de corrupción se mezclan con otros casos fabricados en la ofensiva judicial (elemento 3). Por tanto, el contexto se presta a una cierta epopeya de resistencia.

    Es de suponer que quienes rodean al presidente insistirán en que debe aguantar, que no se pueden tomar decisiones en el calor, que la derecha no puede prevalecer, etc., todo ello aderezado con fabulosos cálculos electorales de que el partido tendrá mejores resultados en unos meses que ahora (no importa lo que digan los supuestos expertos, nadie lo sabe con certeza).

    Por su discurso de ayer, Sánchez parece decidido a seguir adelante. No aprendemos del pasado. Este tipo de enroque se había practicado antes y era perjudicial no sólo para el país sino también para las partes que lo realizaban. Pienso en los casos de Felipe González y Mariano Rajoy al final de sus mandatos. Con similares excusas, ninguno de ellos quiso asumir responsabilidades políticas ante los numerosos escándalos que tuvieron que soportar. El resultado fue terrible para el PSOE de González, que cayó en una prolongada crisis tras perder las elecciones y se embarcó en un viaje por el desierto de ocho años. El PSOE alcanzó su punto más bajo en las elecciones de 2000, cuatro años después de su salida del poder, en gran parte porque no se atrevió a renovarse después del largo mandato de González. La estrategia de resistencia de Numantina también fue terrible para el PP de Rajoy: de 186 diputados en 2011, el partido sólo contaba con 66 diputados en las primeras elecciones de 2019 y ya estaba en la oposición. El PP no asumió ninguna responsabilidad por el desgaste causado por los peores escándalos de corrupción de nuestra era democrática.

    Nos encaminamos, por tanto, hacia el fin de un ciclo similar al de González y Rajoy. El partido se apega al líder y éste lo arrastra a una crisis prolongada. Sánchez se sacrificará en las próximas elecciones, el partido caerá en una crisis interna, se buscará un nuevo líder, habrá las habituales purgas y ajustes de cuentas y las posibilidades de un gobierno progresista quedarán aplazadas durante mucho tiempo. Parece ser una maldición histórica.

    En mi opinión, el pasado mes de junio, cuando Santos Cerdán fue detenido, el presidente Sánchez perdió la oportunidad de poner fin al sufrimiento político al que parece que nos enfrentaremos en los próximos meses. Podría haber convocado elecciones anticipadas en condiciones relativamente buenas o, como intenté defender en un artículo, podría haber anunciado que seguiría al frente del Gobierno pero se retiraría de nuevo de su candidatura, iniciando así un proceso de renovación de personas y proyectos en el partido. Esto habría aliviado la presión, habría dejado claro a los ciudadanos que la corrupción tiene consecuencias y habría permitido una sucesión “civilizada” en el partido. Por lo demás, no es una decisión tan dramática: al fin y al cabo, Sánchez está en el poder desde 2018, un hecho destacable en el actual contexto europeo de inestabilidad política.

    Muchos ciudadanos no entenderán la decisión de seguir adelante como si nada hubiera pasado. La situación es mala y el daño reputacional es muy grave. Sánchez pidió una vez la dimisión de Rajoy debido a la corrupción del PP. No puede ignorar eso ahora.

    La corrupción es la peor carga para el sistema democrático y los partidos que lo practican, especialmente cuando no asumen responsabilidades. Las instituciones están sufriendo y los ciudadanos están perdiendo la confianza en la política. Lo que está sucediendo no se puede minimizar. Por muchos maleficios e intereses bastardos que haya, y es evidente que los hay, los escándalos emergentes suponen una innegable crisis de credibilidad para el Gobierno y especialmente para el PSOE. En lugar de hacer cálculos sobre los beneficios de reunirse ahora o más tarde, el presidente debería estar a la altura de las expectativas de una democracia exigente.

    Ignacio Sánchez-Cuenca Es profesor de ciencias políticas.

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    Heberto Corrales Domínquez

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