
“Con una copa de vino en la mano / una guitarra y el cariño de una mujer / nos encontramos con confianza / y nos damos compasión y amor”. No falla, oye: cada vez que veo la cara de José Luis Ábalos en las noticias, en lugar de los bombos electorales o la moción de censura, me ataca la gravilla del pasodoble vino y mujeres del gran Manolo Escobar y viva España. No puedo evitar sentir cierta simpatía por este pobre diablo que terminó en prisión debido a su avaricia y lujuria. A ver, no les quito ni un gramo de hierro a sus fechorías. ¿Qué es una puta que habla de las mujeres como de ganado? Sí. ¿Que supuestamente ganó toneladas de dinero desde el corazón del gobierno? También. ¿Que no era ni el más inteligente ni el menos estúpido de los tres chistes? Estas son mis especulaciones. Pero todo esto lo decidirá la justicia humana, y como él mismo afirmó en el Congreso, sólo necesita pasar por la justicia divina para poner fin a su especial experiencia de víctima. Por eso me siento mucho más tranquila al saber que desde que durmió en el tren, un hombre de Dios ya está trabajando en ello. Bendito sea.
Para Paulino Alonso, un zamorano corpulento de 59 años y capellán de la prisión de Soto del Real acostumbrado a tratar con violadores, terroristas y asesinos múltiples, Ábalos es un alma sincera. Un experto en dulces. Carne de misión andante. Robando, habrá robado lo que era suyo, pero a nadie mató, y hasta el mismo Jesucristo fue crucificado, con un ladrón a la izquierda y otro a la derecha, qué corruptos hay de ambos lados. Qué hombre es Paulino, un pecador confeso que sólo desconfía de quien se cree libre de pecado. Apuesto a que ya conoció al recién llegado en el patio y le dejó su tarjeta de visita pastoral sin compromiso.
Es cuestión de tiempo que Ábalos, que le falta cariño y desea desesperadamente el púlpito, le ayude en misa. Ya lo veo como monaguillo, repartiendo hostias y pasando el cepillo entre los internos para redistribuir el dinero, con Koldo como contable. Vale, estoy fantaseando. Estoy seguro de que el padre Paulino sólo necesitará 10 minutos para ver en los ojos de Ábalos lo que Pedro Sánchez no ve desde hace 10 años. Pero hay que querer verlo. Y no lo parece.
