
Para quienes hemos trabajado en la política nacional durante varias décadas, hay pocos temas más familiares que los escándalos de corrupción. Al final todos tienen un toque de Déjà vucomo si fuera una piedra con la que seguimos tropezándonos. Se dirá que es la condición humana la que Homo corruptibilis como un rasgo inevitable de nuestra especie y por tanto la imposibilidad práctica de emanciparnos de ella. Sin embargo, resulta, y esto quedó claro nuevamente en el caso Cerdán/Ábalos/Koldo, que la mayoría de ellos son el resultado de la manipulación de los precios y la influencia de la construcción pública. En principio, protegerse de su contagio tomando las precauciones necesarias no debería ser tan complicado como ha ocurrido en otros casos. Hoy en día, la exigencia de transparencia en la gran mayoría de las operaciones que involucran a una administración pública hace casi imposible que los defraudadores recurran a estas prácticas.
Por lo tanto, cada vez que el problema resurge, y dada su mayor eficacia para exponer la venalidad política, es inevitable preguntarse por qué sigue tan presente en nuestro sistema democrático. La razón es bastante sencilla, porque sus actores se sienten impunes y protegidos porque los campos de sombra en el control de estas prácticas les ofrecen garantías suficientes. Y quizás porque, incluso cuando sean contradictorios, siempre pueden contar con el apoyo “provisional” de su partido a menos que haya pruebas abrumadoras. Por tanto, el vacío que crean en las siempre exageradas declaraciones de ética política con las que les gusta adornarse es inmenso.
Menciono esto porque, en estos momentos de recuerdo del régimen de Franco, hay un tema que apenas se ha abordado en el debate: un régimen en el que la corrupción ha aumentado significativamente. Ese no será el caso porque no ha sido investigado. Están, entre otros, los trabajos de Ángel Viñas, Paul Preston o Santos Juliá y Juan Pablo Fusi, que expusieron la densa conjura del clientelismo y los casos de enriquecimiento ilícito, sin tener que centrarse sólo en escándalos más conspicuos como el de Matesa. Como en toda dictadura, la falta de mecanismos de control y de prensa libre fomentó una venalidad a menudo cutre y pintoresca, como tan bien se expresa en la película. La escopeta nacional, de Berlanga; o el más grave y estructural, como el asociado al urbanismo, al que debemos, entre otras cosas, el fealdad arquitectónica de nuestras ciudades y de la costa.
Lo perjudicial es que muchas de estas prácticas se han trasladado al período de transición. Probablemente sea el aspecto más oscuro ya que, como alguna vez estudió Javier Pradera, ayudó a ser uno de los medios de financiación de los partidos. La inercia del régimen de Franco continuó en la época posterior y, como sabemos, continúa en el presente, dejando la corrupción como uno de sus residuos más persistentes. Un Berlanga podría reciclar su vieja película con Koldo y la CIA como protagonistas. Aunque ya no sería divertido. cuando se estrenó La escopeta nacionalEn 1978 todos nos reímos de buena gana porque imaginamos que era una sátira de un pasado al que habíamos renunciado. Luego aparecieron los papeles y multitud de escándalos hasta acabar en este caos de putas y encargos.
Por supuesto, existe una gran diferencia entre la corrupción estructural y la ocurrencia de casos específicos. Pero si tememos que el franquismo siga ganando legitimidad, debemos hacer todos los esfuerzos posibles para garantizar que sea posible decir “y vosotros más” cuando se aplica ahora a la oposición entre sistemas políticos. Tolerancia cero.
